Miguel
Hay muchas formas de hacerse rico, una de las mas aburridas es trabajando; eso de levantarse temprano, tener que hacer todos los días cosas que no queremos hacer, y finalmente terminar el día cansados y fastidiados porque aunque no era nuestro deseo, tuvimos que hacer todas esas cosas que no queríamos hacer.
Miguel había intentado muchas formas de hacerse rico, desde muy pequeño, se sintió atraído por la riqueza y por la vida de los ricos, soñaba despierto y se veía a si mismo conduciendo un BMW, rodeado de hermosas rubias, luciendo impecables trajes, paseando en alta mar en un lujoso yate repleto de sirvientes dispuestos a complacer sus mas exigentes caprichos. Lo que nunca imaginaba miguel en sus sueños, era como llegar a ser rico, como lograrlo.
Cuando Miguel cumplió diecisiete años, miro la pobreza que le rodeaba, y se dijo a si mismo que eso no debía continuar, y que de ese momento en adelante viviría como un rico; entonces decidió comenzar a tener todo aquello que tienen los ricos.
Miguel se miro los pies, calzados en zapatos rotos de dos tallas mas grandes que la suya, —voy a buscar unos zapatos de rico —, pensó mientras apuraba sus pasos tomando un callejón que lo sacara del barrio y lo acercara a donde viven los ricos.
Miguel caminaba apresurado, mirando a todos lados, buscando su objeto de deseo, unos zapatos que le hicieran lucir como un rico. La búsqueda no fue muy larga, eran unos hermosos mocasines azules de piel de ante, estaba maravillado con ellos, eran perfectos y ciertament
e de su talla, además se notaba que eran muy flexibles y cómodos. A Miguel no le pareció difícil obtenerlos; lo único que tenia que hacer era caminar tras ellos y esperar el momento oportuno.
La caminata no fue muy larga, los mocasines estaban debajo de un banco en un rincón lejos de la vista de los curiosos, Miguel tomo una pequeña cuerda de nylon que llevaba en el bolsillo, se acerco sigilosamente por detrás del banco, estiro sus brazos haciendo un rápido giro con su mano derecha, apretando muy fuerte, y en menos de 30 segundos un hombre caucásico, como de cuarenta años yacía inerte y sin calzado.
Por las veredas del barrio de las Tres Cruces, Miguel caminaba orgulloso, mostraba a todos su posesión, unos hermosos mocasines azules, todos lo miraban con curiosidad, sus pantalones viejos y remendados, la camisa con agujeros, sin embargo nadie le decía nada, el nunca hablaba con nadie, ninguno parecía estar a su altura, eran gentuza a su lado, el era diferente, había nacido para vivir en la riqueza, y toda la pobreza que le rodeaba solo le inspiraba asco y vergüenza. Ya en su morada, su madre le pregunto que de donde había obtenido esos zapatos; el solo atino a decirle que se los habían dado a cambio de hacerle unos nudos a unos sacos de papa en el mercado. — ¿y no hubiese sido mejor que te dieran dinero? —pregunto, la madre con tono de reclamo, pero sin encontrar respuesta.
Esa noche Miguel durmió al lado de sus nuevos mocasines. Al amanecer se levanto muy temprano, impaciente por usar su calzado, tomó un pedazo de espejo roto y lo colocó en un lugar que le permitiese mirar como lucia con su calzado de piel de ante; lo que miró no le gustó, se dio cuenta que sus lujosos mocasines no estaban bien acompañados, le hacia falta ropa adecuada, de rico, por supuesto, como la que el merecía.
Miguel estaba muy molesto, quería llegar rápido a un lugar, en el que de seguro hallaría la vestimenta adecuada que combinara con su calzado. Se detuvo a la sombra de un frondoso roble, desde allí tenia una vista privilegiada de todo el entorno, era un concurrido boulevard del este de la ciudad, muy frecuentado por gente con dinero para gastar en sus exclusivas tiendas. Teniendo apenas media hora en el sitio encontró lo que buscaba, la camisa azul, perfecta para sus zapatos, el pantalón de fino algodón beige, apropiado para el clima y un hermoso saco de paño ingles.
El vestuario elegido por Miguel iba directo al estacionamiento que estaba en el lado sur del boulevard, había mucha gente y tenia que ser precavido, afortunadamente para el, el estacionamiento estaba bastante solitario y no había guardias de seguridad cerca. Del bolsillo del saco salio un control remoto que hizo abrir la portezuela de un Smart, Miguel se acerco con sigilo, y antes de que sus ropas estuviesen dentro del coche, su cuerda de nylon hacia el trabajo. Una hora después encontraron el cadáver de un hombre de 1.75 Mts. solo con los zapatos puestos, —no eran de la talla de Miguel —.
A los 21 años Miguel ya había logrado acumular una gran cantidad de ropa elegante, adecuada para un hombre rico, en la mañana del once de febrero, día de su cumpleaños numero 22, Miguel se sintió preocupado por su futuro, miraba a su alrededor y se daba cuenta que la casa en la que vivía no combinaba con sus ropas, necesitaba una casa de personas ricas y una familia rica que hiciese una buena combinación con sus ropas.
Los Venturini eran una acaudalada y pequeña familia de inmigrantes italianos, que se habían dedicado al comercio del oro y a la orfebrería. Eran ciertamente felices y muy unidos. Ese sábado los Venturini tenían mucho que celebrar, la única hija de Emilio Venturini y Santa de Venturini, regresaba de Italia, y el único hijo, Carlo, invitaba a cenar a su novia para presentarla a sus padres. Eran una familia ejemplar, buenos vecinos, buenos amigos, y muy caritativos.
Ya entrada la noche los aromas de la cocina alentaban el apetito de la familia, unos simples vermicelli alla bolognese con formaggio di parma fue la elección de la mamma para una ocasión tan e
special, —ella decía que quien no preparaba una buena bologna nunca entendería la cocina italiana, y todos le daban la razón.
Una hora más tarde; la bologna estaba casi lista y todos esperaban por la llamada de la mamma para ayudar a servir, ella no dejaba que nadie viese su receta, aunque siempre decía que pronto llegaría el momento de enseñarla.
La conversación continuaba amena en la sala de los Venturini, sin embargo Don Emilio tenía mucha hambre y se preguntaba que por que Santa se tardaba tanto, así que se levanto y camino apresurado a la cocina. Veinte minutos después Carlo hizo lo mismo, pensó que quizás necesitaban ayuda para servir. Diez minutos después, Sofía, la hija de Emilio y Santa Venturini se excuso con Ángela, la novia de su hermano, diciéndole que ya regresaba, que quizás estaban preparando una sorpresa; Ángela se quedo un poco confundida, sin embargo atino a sonreír. Diez minutos más tarde, Ángela no soporto la espera, —si esto es una sorpresa, se echara a perder, pero yo me voy a la cocina a ver que pasa —, dijo Ángela, hablándole a la soledad del comedor.
Una hora más tar
de, todos estaban a la mesa. En silencio, inmóviles, los platos servidos, y un invitado que comía con un apetito voraz.
Miguel estaba feliz, al fin tenia lo que siempre había querido y que la vida le había negado, una verdadera familia rica, —penso mientras hablaba a los cuerpos de los Venturini, desencajados, y con las cabezas gachas. —Pero el esfuerzo tiene su premio, —dijo para sus adentros, mientras engullía el ultimo bocado de los primeros vermicelli alla bolognese que había probado en su vida.
Horas después la policía rodeaba la casa Venturini. Años después la cárcel del socorro era el hogar de Miguel.

















































